Colombia, Trump y Venezuela

Iván Duque, pretende liderar la coalición neoconservadora en medio de la situación

En el contexto actual, Colombia es uno de los estados que más presión diplomática ha ejercido contra el Gobierno de Nicolás Maduro, recurriendo de la Organización de Estados Americanos hasta la Corte Penal Internacional. El escalamiento de su lenguaje ha logrado instalar en los medios de masivos de información la posibilidad de una intervención militar y enlazar una serie de operaciones psicosociales.

El presidente, Iván Duque, ha pretendido liderar la coalición neoconservadora en medio de la situación. Entre sus acciones estuvo la mención de la necesidad de crear un mecanismo de cooperación regional que sepulte a UNASUR -organismo de cooperación del que se retiró en agosto de 2018 – que se hará efectivo a fines del mes de febrero. Lo evidente hasta ahora es que PROSUR, como nombró el presidente colombiano a la escueta propuesta, se proyecta como un foro “no ideológico” que brinde estructura formal al Grupo de Lima y que, con la flexibilidad burocrática que propone, logre vincular agendas comerciales con socios estratégicos como Brasil, un ausente en la Alianza del Pacífico que se encuentra en estancamiento económico.

Es pertinente mencionar, frente a este panorama, que en el año 2004 la República Bolivariana de Venezuela reformuló las bases de su política de seguridad y defensa, dotándola de un carácter integral que vincula áreas económicas, sociales y culturales con la participación directa del pueblo en su conjunto (algo similar a lo implementado en Vietnam durante la resistencia al colonialismo, o en Cuba como sistematización de la doctrina del “pueblo en armas”). Dicha política, basada en la Ley Orgánica de Seguridad de la Nación, promovió la Doctrina Bolivariana de Defensa y Desarrollo Integral que reconocía cuatro escenarios de conflicto: a) guerra de “cuarta generación”[13] b) golpe de Estado c) conflicto regional y d) intervención militar directa de EE. UU.

A pesar de que Mike Pence, vicepresidente de los Estados Unidos, realizó dos giras por Suramérica en busca de consensos para “tercerizar” la intervención militar en Venezuela, el Gobierno de Juan Manuel Santos se abstuvo de la opción de uso de la fuerza y apostó a otras mediaciones, sin dejar de fijar posición contra el Gobierno de Maduro, al que de denominan “régimen” como expresión peyorativa y que ha calado mediáticamente hasta escalar en la connotación de dictadura. Santos reconoció tácitamente que el Gobierno venezolano era legítimo hasta el 10 de enero de 2019, con lo cual cedió la preocupación a su sucesor.

Si bien la hipótesis de intervención militar por una fuerza extranjera hace años ocupa diversos análisis estratégicos y está contenida en el planeamiento de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, las condiciones estuvieron limitadas por el entorno amistoso entre sus fronteras, salvo Colombia que, sin embargo, no contaba con un margen de maniobra para encarar un conflicto interestatal por el conflicto social y armado que mantenía álgido.

A pesar del apoyo que recibe Colombia por parte de Estados Unidos, cabe hacerse la pregunta: ¿en un escenario de conflicto interestatal, en qué situación se encuentran Colombia y Venezuela? La nación que hoy gobierna Iván Duque ha acumulado una experiencia para nada desdeñable en la guerra contrainsurgente, ha modernizado sus medios y ha incorporado nuevas capacidades, la mayoría para un tipo de guerra asimétrica que presenta graves limitaciones al momento de comparar las ventajas en defensa con otros Estados de la región. También hay que mencionar que ha logrado un acuerdo de paz con las FARC, su principal amenaza interna, concluyendo con su posterior desarme.

Venezuela, en cambio, ha desarrollado una política acorde a sus hipótesis, teniendo presente la eventual colisión con su vecino, ante lo cual la supremacía aérea puede ser uno de los puntos a favor. Lo dicho hasta aquí presenta apenas un escenario contingente que omite los alcances de las alianzas internacionales que, en una segunda fase de confrontación, puedan desencadenar en una guerra donde intervengan potencias militares como Estados Unidos, Rusia y China, similar a lo ocurrido en los años recientes en Siria.

El pasado 13 de febrero, Iván Duque viajó a Washington para reunirse con Donald Trump. Las acciones de ambos países para terminar con la crisis en Venezuela fueron parte de la agenda; no obstante, el tema más tratado fue la “lucha contra las drogas” sobre la que EE. UU. mantiene una presión indeclinable sobre Colombia. Con independencia de que Colombia ha instalado en la opinión pública la posibilidad de una intervención militar, la acción en curso es una campaña planificada en torno a la “ayuda humanitaria”. Esta operación influye fundamentalmente en la esfera mediática, logrando captar mayores simpatías y facilitando la construcción de la imagen de un acuerdo social sobre la “transición democrática” en un segmento de la población. Por lo tanto, esta acción psicosocial busca justificar otro tipo de medidas que, ante el agotamiento del “asedio diplomático” y el bloqueo financiero, ponen relieve en una maniobra militar, sea directa o indirecta. La expresión que usó Duque en la reunión bilateral con Trump fue: “Tenemos que mandarle un mensaje muy fuerte a la dictadura”. La siguiente batalla de este escenario se desarrollará entre el viernes 22 y el sábado 23 de febrero, cuando la USAID pretende introducir una caravana de “voluntarios” para distribuir la “ayuda humanitaria” en Venezuela.

En ninguno de los momentos anteriores la posibilidad de que Colombia intervenga estuvo tan clara como ahora. En la actualidad, el Gobierno colombiano ha logrado liberar la mayoría de sus Fuerzas Militares y de Policía (casi medio millón de efectivos en total) y, mientras posterga la implementación de los Acuerdos de Paz, logró aprobar un incremento en el presupuesto del sector defensa y seguridad para el ejercicio 2019, destinando una parte a la compra de un sistema de armas para la defensa antiaérea. Lo anterior implica disponer de sus fuerzas para una posible incursión en el país vecino y prepararse para defenderse en un teatro de operaciones poco conocido.