¿Venezuela invadida por Rusia, China e Irán? Desmontamos esta mentira

¿Venezuela invadida por Rusia, China e Irán?

En los términos de la política interna venezolana, desde hace años ha concurrido la insólita paradoja del debate sobre la soberanía entre el chavismo y la oposición.

Este debate es paradójico pues no hay realmente una discusión de dos modelos de país, en los hechos, hay una discusión sobre un modelo de país y un modelo de colonia. Y las posiciones están claramente diferenciadas. El chavismo representa una visión de país y ello ha desatado desde 1999, una seguidilla de actos de asedio desde Washington a Caracas luego de su salida de la órbita estadounidense.

En cambio, el antichavismo venezolano, que funciona como una franquicia del gobierno estadounidense, ha preferido desconocer las relaciones históricas de subordinación que tuvo con Estados Unidos.

También desconocen y desestiman su propia posición de gendarmería de los intereses estadounidense. En cambio, han propuesto un argumentario muy endeble que se refiere a la «pérdida de la soberanía» de la nación frente a países como, Irán, China y Rusia.

Este debate y sus falsos dilemas trascendieron la política interna venezolana y son ahora parte de una línea discursiva.  Washington apunta a la cabeza con amenazas serias de intervención militar para desplazar al gobierno y, como parte de las razones que la «justifican», está la supuesta extensión de las fronteras de Rusia.

Más allá de Rusia, están los peligros de la «expansión» de China, la «hegemonía» del modelo político cubano y «el terrorismo» iraní que «usa» al país como cabeza de playa. Todos representan estrategias narrativas que son ahora componentes del asedio y que se respaldan en el planteamiento de la «pérdida» de la soberanía venezolana.

«AHÍ VIENEN LOS RUSOS»

La colaboración entre Venezuela y la Federación de Rusia en diversas materias, especialmente la militar, es el foco de señalamientos desde Washington e insumo elemental del mantra de la «pérdida de la soberanía» venezolana frente a Rusia.

A inicios del primer gobierno de Chávez, Washington decidió aplicar un embargo de armas no declarado contra Venezuela vetando la adquisición de repuestos esenciales para los aviones caza F-16 de fabricación estadounidense. En realidad, la autoría de las relaciones con Rusia iniciaron en una mesa del Pentágono.

Recientemente el grupo estadounidense de Veteranos Profesionales de Inteligencia por la Cordura (VIPS, por sus siglas en inglés), todos en situación de retiro, advirtieron en un memorando al gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, varios asuntos en materia de seguridad. Pero en él desdibujan el argumentario colonial de Rusia sobre Venezuela.

«Como ex funcionarios de inteligencia y profesionales de seguridad nacional, con muchas décadas de experiencia, lo exhortamos a no llegar al extremo de adoptar una catastrófica acción militar en respuesta a la perturbación civil en Venezuela o a las actividades rusas en el hemisferio occidental. Pese el arribo reciente de dos aviones de transporte y el persistente apoyo político al gobierno venezolano, los rusos están lejos de cruzar cualquier línea roja surgida de la Doctrina Monroe de 1823», indicaron en el documento.

Es decir, para los expertos de la inteligencia norteamericana y diseñadores de la estrategia expansiva estadounidense, sigue dentro del área de influencia histórica de Estados Unidos. Los rusos no tienen un país vasallo en el caribe y lo que hay con Rusia es una colaboración militar y no la consolidación de una franquicia euroasiática tropical.

El desgaste del discurso de la Guerra fría alcanza un alto nivel en cuando se trata de equiparar la relación militar entre Caracas y Moscú con una nueva «crisis de los misiles cubanos» para encender todas las alarmas antirusas en la política estadounidense y demás áreas de influencia. Todo bajo una semiótica de que hay que invadir al país por ser una «colonia soviética». Un planteamiento tan corrosivo como falso, como el de las «armas de destrucción masiva» en Irak.

EL «TERRORISMO IRANÍ» Y SU VERSIÓN TROPICALIZADA

Sobre Venezuela, no argumentan que perdió su soberanía frente a Irán por ser esa una potencia emergente, económicamente pujante y con más de 100 millones de habitantes. No. Irán es un país musulmán y eso basta para que se le declare de inmediato como «país terrorista» y Venezuela por ende también lo es. Reduccionismo y simplificación forzada y sin fundamentos.

La incongruencia de la «pérdida de soberanía» de Venezuela ante Irán es tan absurda, como la versión de un islamismo terrorista tropical chiíta que en teoría es patrocinada por orden de la nación persa. O al menos así lo vienen señalando desde la Casa Blanca para crear un solo discurso que tiranice en simultáneo a los dos países petroleros.

Recientemente Washington declaró a la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como «organización terrorista» y la reapertura de vuelos directos entre Caracas y Teherán hizo disparar reacciones destempladas, entre ellas la del Senador republicano, Marco Rubio, quien infirió que estos vuelos comerciales desde el Caribe a Asia central son plataforma logística para el «terrorismo» y representan una «amenaza a la seguridad estadounidense».

Probar la relación «terrorista» ha sido imposible, como lo es demostrar que hay una relación de tutelaje desde Teherán hacia Caracas. Para empezar, por la enorme distancia ideológica entre ambos proyectos: la revolución islámica, abiertamente clerical, solo tiene en común con Venezuela la posición antiimperialista, pero ese elemento no es substancial para una relación de tutelaje.

Tampoco se han dado a conocer líneas de financiamiento de Asia hasta el Caribe ni existe una posición de administración de Irán de los bienes venezolanos. Las únicas inversiones petroleras iraníes en el país son modestas y de hecho están en condiciones de minoría frente al Estado venezolano. Algo bastante curioso para ser una colonia persa.

LA «COLONIZACIÓN» CHINA EN EL «VIEJO PATIO» TRASERO ESTADOUNIDENSE

La Casa Blanca ha denominado como «una amenaza» para la seguridad estadounidense y del continente, la presencia de China en esta parte del mundo. Abiertamente, los neoconservadores de la Administración Trump han definido a la región latinoamericana y caribeña como un «patio trasero» al estilo de la vieja usanza de Reagan o Nixon y esto ha traído como resultado que la misma China haya tenido que replicar que «América latina no es propiedad de Estados Unidos».

China se ha incorporado a la región como un factor modulador de inversiones, financiamiento, cooptación de materias primas y foco de su expansión comercial. Sin discusiones, la agenda de China en la región ha sido de desplazamiento de la situación de hegemonía y dominio que ha tenido Washington en el continente. Y los chinos lo están logrando sin una sola invasión, sin un solo golpe de Estado y sin una sola salva disparada, lo cual hace más cuesta arriba para Washington sostener su posición de «potencia amigable» frente a los «malvados chinos».

La colaboración energética y financiera con China es el epicentro del discurso que señala al país como una «colonia cantonesa tropical».

Pero se está lejos de ser una colonia China, tanto como lo están Perú, Brasil y Chile. Países que reciben de China más inversiones netas que Venezuela y cuya política exterior está claramente confiscada por el gobierno estadounidense. Chile de hecho, ya tiene a China como primer socio comercial según la Organización Mundial del Comercio, antes que el mismo Estados Unidos. Hágase con ello una lectura obvia: que la colaboración económica con China, no implica ser colonia.

Evidentemente, explicar esto es difícil en los contextos de la política por esta barriada americana. En América Latina campea la política impuesta por el matón de barrio. El sistema hegemónico estadounidense se ha acostumbrado a su lógica de someter, invadir y arrebatar; a obtener todo sin querer pagar por ello. Para esa lógica expansionista es muy difícil de lidiar que otro hegemón irrumpa y que sea efectivo sin usar los mismos métodos del matón tradicional.